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AQ Feature

En casa en los dos lados de la frontera

Un periodista nacido en México escribe sobre cómo vivir en la frontera EE.UU.-México siempre ha requerido resistencia, ingenuidad—y un buen sentido del humor.
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Courtesy Pedroza

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Me podrían llamar un hijo adoptivo de la frontera.

Como un nativo del estado de Durango, al norte de México, pasé buena parte de mi infancia entre El Paso y Ciudad Juárez. De niño me la pasaba mirando una estrella de navidad que brillaba desde la sierra de los Mansos en El Paso, preguntándome si así es como se veía el primer mundo. Ahora, como periodista, he recorrido los 3.200 kilómetros de frontera en auto y a pie, solo y con colegas.

Estos viajes me han enseñado mucho. Me han hecho encontrar el punto ideal de quién soy: un habitante de ambos lados. Y también me han dado algo de perspectiva en el debate actual sobre muros y aranceles, deportaciones y mucho más.

Porque, verán, ya hemos estado aquí antes.

“Los que hemos vivido a lo largo de la frontera entendemos desde hace mucho que lidiar con los berrinches de Washington es parte del trato”, me dijo Tony Garza, ex embajador de los Estados Unidos en el gobierno de George W. Bush y un nativo de Brownsville, Texas.

La manifestación física de estos berrinches ha existido por décadas, erigida tanto por demócratas como por republicanos. “He visto barreras físicas en la frontera desde que era un niño”, dijo Garza. “Y he visto cercas y muros hacer maravillas por el sustento de coyotes (traficantes de inmigrantes) y políticos, pero poco más”.

Unas 10 millones de personas viven a ambos lados de la frontera entre los Estados Unidos y México y los habitantes de las 14 comunidades fronterizas hermanas se reconocen, en general, como una sola comunidad. No siempre se aprecia esta realidad en otras partes, incluso cuando los hechos están a simple vista. Por ejemplo, en una encuesta de Cronkite News, Univisión News y Dallas Morning News realizada en 2016, el 72 por ciento de las personas consultadas en los Estados Unidos y el 86 por ciento de las personas entrevistadas en México dijeron que se oponían a la construcción de un muro.

Así que, ¿cómo lidiamos los de la frontera con tiempos como éstos?

La resiliencia, el ingenio y un buen sentido del humor ayudan.

Consideren a Boquillas del Carmen, un pequeño pueblo mexicano ubicado cruzando el río Bravo, frente al Parque Nacional Big Bend de Texas. Aquí, un innovador cruce conecta a los habitantes con los turistas que caminan por las imponentes montañas de la sierra del Carmen. El cruce fue cerrado tras los ataques del 11 de septiembre, ya que se temía que fuera demasiado vulnerable, pero fue reabierto en 2013. El “ferry” que lleva a la gente de un lado al otro del río Bravo es operado por Mike Davidson, un texano amante de la naturaleza que lideró los esfuerzos por reabrir el cruce informal con la ayuda de otros texanos y de mexicanos.

Interdependiente

A cambio de una pequeña tarifa, locales y turistas que están visitando familiares se suben a botes de remos y en cuestión de segundos están en México montando burros, comiendo tacos y bebiendo Coca-Cola mexicana en botella (o cerveza, tequila o mezcal), con música a todo volumen y el sol ardiendo. Después, los estadounidenses son llevados de vuelta a la orilla estadounidense, donde un agente de la patrulla fronteriza y un guardia del parque supervisan a las personas mientras pasan sus pasaportes y otros documentos por una máquina que lee la información y verifica que estén cruzando legalmente. Cada persona que cruza luego levanta un teléfono y es comunicada con un oficial de Aduanas y Protección Fronteriza en El Paso que puede verlas en una cámara y hacerles preguntas si es necesario. El proceso toma apenas unos minutos.

Boquillas del Carmen, México

El cruce semi-automatizado ha revitalizado a Boquillas. Las personas que viven en esta área dependen una de la otra. No pueden imaginarse vivir con un muro entre ellas.

“Las personas que se creyeron eso de que puedes construir un muro de 3.200 kilómetros realmente no tienen idea de lo que eso implicaría”, dijo Davidson. Él y otros más han señalado lo costoso y difícil que sería un proyecto de transportar cemento y otros materiales, así como trabajadores hasta esta zona remota y agreste.

Davidson está preocupado por la posibilidad de que un muro cambie el estilo de vida fronterizo de ida y vuelta, así como su propio estilo de vida.

“Tendría que decidir en qué lado de la frontera quisiera estar”, dijo”

Cuando no está preocupado, Davidson está tocandouna mezcla de canciones tex-mex, música mexicana tradicional y rock & roll estadounidense en fiestas, quinceañeras, bautizos y bodas a ambos lados de la frontera. El grupo se ríe de sí mismo al llamarse Los Pinches Gringos. La banda es tan conocida y querida a ambos lados de la frontera que pocos ven la ironía del nombre.

Sin embargo, nada puede curar la herida que el escritor Carlos Fuentes describió elocuentemente alguna vez, una metáfora que, según el aclamado autor Benjamin Alire Sáenz, resuena con más fuerza hoy.

“Cada frontera es una herida”, dijo Sáenz, quien vive en la frontera. “Las fronteras no son orgánicas y las líneas que marcamos en la geografía de la Tierra son ofensivas. Son cicatrices y heridas que le causamos a la Tierra y a nosotros mismos”.

La línea divisoria

La resiliencia de los habitantes que han aprendido a sobrevivir y a coexistir a pesar de los esfuerzos foráneos por dividir se pueden ver por todas partes en el área de la frontera. El campo a lo largo de la Autopista 90 entre el Parque Nacional Big Bend y Del Rio en el oeste de Texas está tan aislado que las personas a ambos lados de la frontera tienen que depender unas de las otras para sobrevivir. En una parte, una escuela fue cerrada y tiendas fueron abandonadas a causa de la menguante población. Llovía, llovía y llovía, las gotas golpeaban el pavimento creando charcos de agua en un atardecer rosa.

Los únicos vehículos constantes eran las camionetas verde y blanco de la patrulla fronteriza con agentes que espiaban con sospecha a través de sus limpiaparabrisas, asegurándose de que la frontera y el resto del país estuvieran a salvo.

Una vez caminé por una parte de la línea divisoria en Del Rio, llena de matorrales de caña común, una especie invasora que las autoridades han intentado erradicar quemándola o usando una combinación de métodos mecánicos, químicos y biológicos. Y aún así, la caña común sigue firme en el terreno pantanoso. Buena parte de la tierra es de propiedad privada y tan peligrosa que solo 185 kilómetros de los 1.200 kilómetros de la frontera en Texas están cercados actualmente.

Terratenientes, ambientalistas, expertos en seguridad y políticos texanos han bloqueado intentos de agregar más cercas, aunque el gobernador de Texas, Greg Abbott, recientemente señaló una tierra entre El Paso y Presidio como una posible ubicación del nuevo muro del presidente Trump. Los otros mil kilómetros de cercas en la frontera están en California, Arizona y Nuevo México.

A lo largo de partes de la frontera, la cerca es un mosaico de retazos compuesto desde de malla de alambre hasta de láminas de metal viejo y rematado con alambre de púas que parece haber sido armado de afán. La nueva estructura en forma de bolardo, que es preferida por la patrulla fronteriza, es más difícil de escalar y les permite a los agentes ver, a través de los postes de 5,4 metros, qué hay en México del otro lado.

Para seres amados, la cerca provee una inusual oportunidad de tender la mano y tocar a familiares y limpiar las lágrimas unos de otros.

En algunas secciones, artistas han pintado murales en la cerca para ayudarles a los habitantes a olvidar temporalmente la imposición que interrumpe el impactante panorama del desierto al pintar paisajes sobre los paneles oxidados con colores como azul cielo.

Hablen con las personas aquí y dense cuenta de qué tanto las economías están interconectadas. “No se me ocurre nada de este muro que sea ‘bello’”, dijo Marco Haro, de 61 años, quien maneja una casa de cambios en Nogales, Texas. “Es una monstruosidad triste … Nuestra salvación está al otro lado de la frontera, es México. Sin los mexicanos no existimos. Se nos acabaría la vida”.

Esta es una opinión que también existe en Washington y que cruza líneas partidistas tradicionales. El congresista republicano Will Hurd, quien representa al territorio más grande en la frontera, unos 1.300 kilómetros entre San Antonio y El Paso, llamó al muro “la manera más costosa y menos eficaz de proteger la frontera”.

“Cada sección de la frontera enfrenta retos geográficos, culturales y tecnológicos únicos que serían mejor enfrentados con un enfoque flexible, sector por sector, que les entregue a las personas allí los recursos que necesitan”, añadió Hurd.

Su colega demócrata Beto O’Rourke de El Paso está de acuerdo. “Este muro tiene sentido si no eres de aquí, si nunca has estado aquí, si le temes a México o a los mexicanos. Pareciera ser una buena respuesta emocional a ese miedo. Pero cuando vives aquí y sabes qué tan interconectados estamos y tienes amigos o familiares a ambos lados de la frontera, parece ridículo en el mejor caso o, en el peor, parece algo  vergonzoso y embarazoso”.

Campaña de exageración

Además de la hora que el entonces candidato Trump pasó en Laredo, la mayoría en una conferencia de prensa en la que estuvo de pie usando una gorra con la inscripción “Make America Great Again”, no recuerdo que Trump haya estado en esta región fronteriza en ninguna otra ocasión. En Laredo, habló sobre el peligro que enfrentaba personalmente al ir a la frontera y le dijo a una audiencia compuesta principalmente por periodistas: “Tengo que hacerlo. Amo a este país”.

Siendo honestos, las ciudades fronterizas del lado de los Estados Unidos son algunas de las más seguras del país. Pero los hechos no le impidieron a Trump promocionar el muro, que representa la piedra angular de su campaña y fue primordial para sus políticas migratorias.

Las amenazas exageradas han sido parte de la vida aquí desde hace mucho. Yo tuve que caminar el pueblo fronterizo de Ojinaga buscando armas químicas después de que un documento estadounidense dijera que había terroristas planeando contrabandear las armas por Big Bend. A pesar de que la información estaba basada en inteligencia en bruto, el Dallas Morning News nos encargó a un colega y a mí pasar semanas investigando cada y cualquier cosa sobre esa afirmación. No encontramos nada.

Pasé días completos buscando a miembros del Estado Islámico a lo largo del río Bravo en Anapra, incluso golpeando puertas, después de que un reporte de la fundación conservadora Judicial Watch asegurara que el grupo terrorista tenía un campo de entrenamiento allí.

De nuevo, no había nada.

Quizás la única manera en la que las personas de la frontera pueden hacer que sus voces sean escuchadas es que voten en mayores cantidades. Esto ya está sucediendo en algunos lugares. En Nogales un número récord de personas votó en las elecciones de noviembre. Lo mismo sucedió en El Paso, donde hubo un incremento del 32 por ciento en la participación, lo que cerró la brecha entre republicanos y demócratas de 19 a nueve puntos porcentuales.

“El muro no es solo un desperdicio colosal de recursos”, dijo la juez del Condado de El Paso Verónica Escobar. “También es un feo símbolo de la xenofobia concebida y creada por personas a las que no les interesa entender la complejidad y la importancia de la frontera. Las comunidades fronterizas como El Paso y Ciudad Juárez están conectadas en un nivel profundo a causa de nuestras familias, nuestra economía y nuestra historia, y un muro es un intento de menoscabar esa conectividad”.

Recientemente pasé una tarde perfecta en la parte trasera del patio de mi casa en El Paso y pensé en cómo un muro destruye lo que tantos a lo largo de la frontera han intentado construir. Somos un pueblo que alguna vez se atrevió a soñar con ser no solo parte de los Estados Unidos y de México, sino de algo más grande: América del Norte, como el presidente Ronald Reagan reclamó en 1979.

Podía ver dos países y tres estados (Texas, Chihuahua y Nuevo México) unidos por el río Bravo, sus líneas fronterizas eran invisibles. Hace algunos años, me maravillé con la misma vista y escribí las palabras de mi libro Medianoche en México que aún me persiguen.

Había escrito entonces que somos la misma geografía: una sangre, dos países bailando sin ritmo. Dos almas todavía chocando. Mirando fijamente las sombras al frente mío esa tarde, me di cuenta también de que estaba mirando una herida que no sanará pronto.

La periodista Angela Kocherga contribuyó a este artículo.

ABOUT THE AUTHOR
Alfredo Corchado is a visiting fellow at the Center for U.S.-Mexican Studies program at the University of California San Diego, codirector of the Borderlands Program at the Coronkite School of Journalism at Arizona State University, and the border-Mexico correspondent for the Dallas Morning News. He is currently writing his second book, Shadows at Dawn.
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Tags: U.S.-Mexico border

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