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Desafortunadamente, otros en América Latina seguirán los pasos de Nicaragua

El conflicto que estalló en Nicaragua era predecible y refleja tendencias similares en la región.
MARVIN RECINOS/AFP/Getty Images

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El año pasado realicé un viaje investigativo a Centroamérica y Nicaragua resultó ser la parada más fácil de mi travesía. A diferencia de Honduras o El Salvador donde se requiere de una planificación cuidadosa debido a la situación de inseguridad abismal, Nicaragua se encontraba entre los países más seguros de América Latina, pese a ser uno de los más pobres del continente. Mientras que la tasa de homicidios en su vecina Costa Rica es de alrededor de 12 por cada 100,000 habitantes (y tan altas como 46 y 60 por 100,000 en Honduras y El Salvador, respectivamente), la Nicaragua de Ortega reportaba cifras notablemente bajas: 6 por cada 100,000 habitantes, ligeramente por encima del promedio de los Estados Unidos. "Nicaragua es una isla de estabilidad en un mar de violencia", me dijo con orgullo un nicaragüense. Esto gracias a una combinación de políticas públicas que incluían la vigilancia comunitaria y programas recreativos para jóvenes vulnerables.

Y sin embargo, como escribí poco después de volver a casa en Brasil, era claro que en algún punto Nicaragua estaría en graves problemas. Aunque era imposible determinar en qué momento sucedería, los enfrentamientos que han provocado la muerte de más de 300 manifestantes en los últimos meses no son una sorpresa. Mientras el panorama económico del país fue positivo, la mayoría de los nicaragüenses se hicieron de la vista gorda a las acciones cada vez más autoritarias de Ortega. De hecho, como me dijeron miembros de la oposición durante nuestras conversaciones, sus quejas no resonaron con sus compatriotas, incluso cuando la represión del gobierno se hizo más evidente y este comenzó a expulsar a académicos extranjeros y a amenazar a los críticos del régimen. Durante una conversación con un economista en Managua, nuestro interlocutor comentó casualmente que seguramente estábamos siendo monitoreados durante nuestra estadía.

Tres hechos sugerían que el cuento de hadas de Nicaragua terminaría mal.

En primer lugar, la continua erosión a los pesos y contrapesos le permitió al presidente Ortega gobernar casi sin restricciones y rodearse de personas que le dirían que sí a todo. Como consecuencia, fue perdiendo consciencia de qué sucedía en el país. En los últimos años sus apariciones públicas se volvieron cada vez más esporádicas y cuando sucedían se daban en espacios donde todos los detalles estaban orquestados y controlados, y se rodeaba de sus seguidores. Así fue como Ortega perdió lo que una vez le había convirtió en una figura tan cercana y entrañable para sus compatriotas: su toque y capacidad para conectarse con todo tipo de nicaragüenses sin importar sus condiciones de vida ni posición social. Solamente un completo distanciamiento de la realidad pudo llevar al presidente Ortega a ignorar que convertir a su esposa, Rosario Murillo, en su vicepresidenta, y relegar a sus miembros del gabinete al margen, harían que la población identificara paralelismos preocupantes con el brutal régimen de la familia Somoza. Como consecuencia, Ortega realmente se sorprendió cuando los nicaragüenses salieron a manifestar a las calles después de los recortes a las pensiones. Tras perder la costumbre de recibir siquiera la crítica más leve, Ortega recurrió a la violencia despiadada y ha rechazado cualquier tipo de diálogo, incluso acusando a la Iglesia Católica de actuar en nombre de la CIA.

En segundo lugar, parte de la popularidad de Ortega se basó en una importante ayuda económica de Venezuela a través del programa Petrocaribe. El presidente lo administró sin supervisión parlamentaria y así financió programas sociales relevantes para sus seguidores más leales. Pero con la economía venezolana en caída libre, el apoyo a sus aliados se ha reducido (con excepción de Cuba), lo que obligó a Ortega a reducir el gasto social. Y en lugar de optar por un debate público y sincero sobre cómo adaptarse a las nuevas realidades, las decisiones se tomaron a puertas cerradas, dejando a los ciudadanos descontentos y con pocas opciones más que salir a las calles.

Por último, aunque la corrupción prevalece en todos los sistemas políticos, las dictaduras familiares son particularmente vulnerables a la corrupción masiva. Incluso el año pasado, cuando las cosas parecían estar bien al menos en la superficie, varios interlocutores se quejaron de la escaza supervisión a los proyectos de construcción masiva, sobre todo el notorio Canal de Nicaragua. Un activista local nos dijo que creía que todo el proyecto –sin posibilidades reales de materializarse–, era poco más que una cortina de humo para esconder una red de lavado de dinero administrado por el gobierno. Independientemente de si esto es cierto o no, la mayoría de los observadores coincidieron en que la corrupción masiva eventualmente tendría un impacto negativo en el crecimiento del país.

La alianza brillante que alguna vez existió entre Ortega y la Iglesia Católica, las elites económicas y los pobres no puede ser revivida ya; demasiada sangre ha sido derramada. Incluso si el presidente frenara a los paramilitares, como su hermano Humberto –un ex ministro de defensa– solicitó recientemente, los manifestantes insistirán en llevar a cabo elecciones libres, un hecho inaceptable para este líder de 72 años. Ortega aún puede sobrevivir, pero es poco probable que Nicaragua escape de la espiral en el que va cayendo.

En un contexto macroeconómico negativo de altas tasas de interés y precios bajos de las materias primas que probablemente reduzcan las perspectivas de crecimiento en América Latina, podemos esperar crisis políticas y protestas similares en otros lugares, particularmente donde los ciudadanos sienten que el diálogo abierto y libre ya no es una opción. Las protestas pueden estallar nuevamente en Honduras, donde los ciudadanos están cada vez más impacientes con Juan Orlando Hernández, reelecto en una elección que muchos consideran irregular, incluida la Organización de Estados Americanos. Sin embargo, los paralelismos más evidentes con Nicaragua existen en Bolivia, donde Evo Morales, un líder una vez altamente popular, cede a las tentaciones autoritarias, pero haría bien en aprender de los errores de Ortega.

ABOUT THE AUTHOR
Oliver Stuenkel is a contributing columnist for Americas Quarterly and teaches International Relations at the Getulio Vargas Foundation in São Paulo. He is the author of The BRICS and the Future of Global Order (2015) and Post-Western World: How Emerging Powers Are Remaking Global Order (2016).
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