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Gringo ¡Quédate aquí!


POR ANDY BAKER Y DAVID CUPERY


La creencia de que Latinoamérica es profunda y reflexivamente antiestadounidense ha influido en el análisis y la cobertura de la región, convirtiéndose en la base habitual del discurso de los políticos populistas. Lo cierto es que se equivocan. Las actitudes positivas de los latinoamericanos hacia los EE.UU. tienen implicaciones inmensas en la política de los EE.UU.


“¿Por qué nos odian?”. Esta pregunta,1 en la mente de tantos ciudadanos estadounidenses durante la década que siguió a los ataques del 11 de septiembre de 2001, se hace frecuentemente con respecto a los extremistas islámicos y el mundo musulmán extendido. Entre las respuestas más comunes está que “ellos” resienten la política exterior de los EE.UU. en el Medio Oriente. Cuando se cambia el enfoque hacia América Latina, la política exterior de los EE.UU. también parece ser la razón principal del sentimiento antiestadounidense. Esto parece tener sentido. Resulta difícil encontrar otra región del mundo con agravios mayores y más antiguos por las actuaciones de Washington. La Doctrina Monroe, la diplomacia del dólar y la contención en la Guerra Fría fueron meros eufemismos de abusos imperiales cometidos contra América Latina a lo largo de dos siglos.

Sin embargo, como mostramos aquí, los ciudadanos latinoamericanos de hoy no son abrumadoramente antiestadounidenses. De hecho, los datos de las encuestas sugieren que, al hacer la correlación, resulta lo opuesto. Una clara mayoría de los encuestados en casi cada país latinoamericano tiene opiniones positivas sobre los Estados Unidos. Resulta aun más sorprendente que muchos de los países donde la intervención por parte de los EE.UU. ha sido la más frecuente y dramática (por ej., la República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Panamá) también sean aquellos en los que las opiniones de las masas sobre los EE.UU. son las más favorables.

En realidad, la pregunta que está al principio de este artículo debería invertirse: “¿Por qué los latinoamericanos no nos odian?”.

¿Qué representan estos hallazgos desconcertantes? El interés económico es una de las claves.

Los datos de las encuestas indican que mientras mayores son los lazos económicos entre un país latinoamericano y los EE.UU. —bien sea relacionados con el comercio, la ayuda, la migración, las remesas de dinero o las inversiones— más favorables son las opiniones de sus ciudadanos con respecto al Coloso del Norte. Esto explica por qué los países centroamericanos y del Caribe, a pesar de haber sido más victimizados a lo largo de su historia, son los más proestadounidenses. Dicho de otra forma: a los latinoamericanos les gustan los EE.UU. debido a que tienen lazos económicos más fuertes con su vecino del norte, en comparación con el resto del mundo.

Asumen el sentimiento antiestadounidense…

Usted no se lo imaginaría, a juzgar por la retórica preferida por algunos de los líderes políticos e intelectuales de la región. Según ciertas élites y varios eruditos latinoamericanos, diversos eventos históricos que van desde la anexión de la mitad del territorio de México (1848) hasta la destitución de líderes electos democráticamente (Guatemala en 1954), han intensificado un profundo resentimiento hacia los Estados Unidos en la región. Los líderes de la nueva izquierda latinoamericana les han seguido los pasos de cerca. Entre sus muchas declaraciones pintorescas, Hugo Chávez dijo que “en toda la historia, nunca ha existido un gobierno más terrorista que el del imperio de los EE.UU.”.2 Cuando Nicaragua y otros 32 países crearon la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en 2011, el líder nicaragüense Daniel Ortega alardeó que la creación del grupo equivalía a la “sentencia a muerte de la Doctrina Monroe”.3

Muchos estudiosos piensan que el sentimiento antiestadounidense también está enraizado en los ciudadanos latinoamericanos comunes. “Los pueblos latinoamericanos son distintos, pero hay pocas cosas que los unen más que su resentimiento compartido hacia la trayectoria continua de arbitrariedades de los EE.UU. en toda la región”,4 según George Yúdice. Otro experto destacado, Alan McPherson, piensa que mientras más significativa y frecuente fue la intervención por parte de los EE.UU., “más generalizado, profundo y visceral se volvió el sentimiento antiestadounidense”.5 Este resentimiento continúa hoy en día, agrega McPherson, debido a que “la sedimentación generacional de los agravios forjó las memorias históricas y las mitologías nacionales”.6 Julia Swieg observa un “reflejo antiestadounidense instintivo”7 en la región, y Michael Radu describe el sentimiento antiestadounidense como una “disposición enraizada profundamente”.8

En términos generales, la historia es simple y convincente: los latinoamericanos nos odian, y este resentimiento es bien merecido. El problema, sin embargo, es que esta historia es categóricamente falsa.

Un niño frente graffiti antiestadounidense en Caracas, Venezuela. Foto: Jorge Silva/Reuters

…pero son proestadounidenses   

Incluso una mirada somera a los datos de opinión pública basta para ver que el supuesto “resentimiento compartido” es inexistente —ciertamente desde la década de 1990. Según los datos de la serie de encuestas Latinobarómetro en 18 países, el latinoamericano promedio mantuvo una opinión positiva de los EE.UU. cada año entre 1995 y 2010.9 En todos los 18 países, los encuestados con opiniones favorables de los EE.UU. superaron en número a aquellos que expresaron opiniones negativas a lo largo de esta década y media. Típicamente, los primeros superaron en número a los segundos por un amplio margen. La Figura 1 muestra estos contundentes resultados.

Fuente: encuesta Latinobarómetro, 1995-2010

Más de 75 por ciento de los encuestados expresaron opiniones favorables de los EE.UU. en 10 de los 18 países, y en ningún país los encuestados con inclinaciones negativas superaron en número a aquellos con inclinaciones positivas. El porcentaje promedio de latinoamericanos encuestados que expresó opiniones favorables sobre los EE.UU. (77 por ciento) fue igual al porcentaje que expresó opiniones favorables hacia China (77 por ciento), menor que el porcentaje de encuestados que expresó opiniones favorables hacia la Unión Europea y Japón (87 y 86 por ciento, respectivamente), y mayor que el porcentaje que expresó opiniones favorables sobre Cuba y Venezuela (55 y 51 por ciento, respectivamente).

Un punto de comparación es el grado promedio de sentimiento antiestadounidense en el “resto del mundo”, basado en una muestra de otros 45 países recogida mediante el proyecto Pew Global Attitudes entre 2002 y 2010. La actitud promedio hacia los EE.UU. es más desfavorable en el resto del mundo que en el país más antiestadounidense de América Latina: Argentina.

Resumiendo, los latinoamericanos son proestadounidenses y, en la mayoría de los países, de manera abrumadora.

Un vistazo más detallado a estos resultados revela una pauta que es hasta más sorprendente, e incluso más crítica, con respecto a las suposiciones antes mencionadas sobre el sentimiento antiestadounidense en la región. Los países más proestadounidenses son todos naciones centroamericanas o del Caribe.

Estos son precisamente aquellos países que, históricamente, han sido más victimizados por los Estados Unidos. La inmensa mayoría de las intervenciones realizadas por los EE.UU. han ocurrido en los países cercanos al sur de su frontera, mientras que las intervenciones imperialistas han sido relativamente infrecuentes en Suramérica.

Las ocupaciones militares durante las Guerras Bananeras, las violentas medidas de contención de la Guerra Fría, e incluso las pocas intervenciones visibles después de 1989 ocurrieron en su mayor parte —aunque no exclusivamente— en las naciones latinoamericanas del hemisferio norte. (Recuerde por ejemplo, el objetivo del Corolario de Roosevelt de convertir el Caribe en un “lago estadounidense”).

Dicho esto, los hallazgos mencionados nos dejan dos incógnitas. Primero, ¿por qué a los latinoamericanos les gustan los EE.UU., a pesar del persistente hábito de Washington de violar la soberanía latinoamericana durante los pasados 200 años? Segundo, ¿por qué los países históricamente más victimizados son, hoy en día, los más proestadounidenses?

Es la economía, chico 

Para contestar la pregunta, debemos mirar más de cerca las actitudes y el comportamiento latinoamericano. Las intervenciones de los EE.UU., especialmente durante la Guerra Fría, frecuentemente eran bienvenidas por grandes segmentos de las sociedades en las que sucedieron (por ej., los oponentes de los sandinistas, o quienes apoyaban al ejército salvadoreño). Después de todo, los EE.UU. casi siempre tomaron partido en una lucha ideológica y política preexistente.

La memoria también es corta. América Latina es una región abrumadoramente joven y la mayoría de las personas menores de 40 años no tienen experiencias o recuerdos vívidos de las acciones de los EE.UU. que enfurecieron a sus padres y abuelos.

Nosotros encontramos que para la mayoría de los latinoamericanos, la realidad más inmediata es la del intercambio económico internacional con los Estados Unidos. Para los países latinoamericanos, el intercambio económico con los EE.UU. —concebido en un sentido global como comercio, inversiones, ayuda, migración y flujo de remesas de dinero— coincide con pensamientos positivos hacia El Norte. Según los politólogos Joseph Nye y William Reed, los nexos económicos bilaterales fuertes entre los países promueven la buena voluntad entre los socios al aumentar la tolerancia, la confianza mutua y el entendimiento entre las culturas.10 La interdependencia económica también origina una clase de individuos que se beneficia materialmente del intercambio en curso y tiene experiencias objetivas como fruto de ello. Por ejemplo, en gran parte de Centroamérica, un gran número de ciudadanos de clase baja y media reciben remesas de dinero de familiares y amigos que trabajan en los EE.UU.

Finalmente, en las mentes de muchos latinoamericanos, la riqueza relativa de los EE.UU. se relaciona con el éxito material y las oportunidades. Muchos consumidores latinoamericanos ven las marcas estadounidenses —Calvin Klein, Hollywood e incluso McDonald’s— como símbolos de calidad y sofisticación, lo que ayuda a explicar la preponderancia de copias ilegales como “Kalvin Clein” en los mercados informales.12

Tenga en cuenta las siguientes estadísticas, reportadas el año pasado por el centro asesor Inter-American Dialogue: “Actualmente, los EE.UU. compran aproximadamente 40 por ciento de las exportaciones de América Latina y un porcentaje incluso mayor de sus productos manufacturados. Continúan siendo el primer o segundo socio comercial de casi cada país de la región. Y proporciona casi 40 por ciento de la inversión extranjera y más de 90 por ciento de los aproximadamente 60 billones de dólares en ingresos por remesas de dinero que van a América Latina”.11 Al encontrarse tan cerca físicamente de los EE.UU., los volúmenes de actividades comerciales, migración, inversiones y flujos de remesas de dinero de América Latina con el Coloso del Norte son mayores que aquellos de otros países, y sus ciudadanos son más positivos hacia los EE.UU.

Por otra parte, incluso dentro de América Latina, los países que están más cerca de los EE.UU. son los más proestadounidenses. La razón por la que los países tratados más injustamente —en Centroamérica y el Caribe— son los más proestadounidenses, es la mayor interdependencia económica que tienen con los EE.UU. Esto se confirma por las enormes cifras de expatriados de aquellos países que viven en los EE.UU., y en consecuencia, los mayores flujos de remesas de dinero —entre otros factores.

A pesar de que los avances en la tecnología y los cambios en la política han reducido dramáticamente los costos del intercambio internacional, los países cercanos físicamente siguen teniendo más probabilidad de mantener un mayor grado de interdependencia económica que los que están más lejos. La Figura 2 muestra que este es el caso para las relaciones económicas interamericanas. El diagrama de dispersión muestra 18 países latinoamericanos según el número de emigrantes que envían a los EE.UU. (eje x) y la cantidad de negocios que realizan con los EE.UU. (eje y).13 La línea diagonal en el diagrama traza una separación natural que ilustra el impacto de la distancia. A la izquierda de la línea hay nueve países con un número relativamente bajo de emigrantes a los EE.UU. y menos comercio con ellos, y todos ellos son suramericanos. A la derecha de la línea hay nueve países con un número relativamente grande de emigrantes hacia los EE.UU. y un gran volumen de comercio con ellos, y todos son de Centroamérica, Norteamérica o el Caribe (con la excepción de Ecuador). Resumiendo, la cercanía a los EE.UU. se correlaciona con un mayor grado de comercio bilateral e inmigración.

Haz click aquí para una vista detallada del contenido.

Fuente: Autores

La Figura 3 traza una tercera dimensión que proporciona evidencia para la tesis de que el intercambio económico con los EE.UU. crea mucha buena voluntad incluso hacia el bravucón histórico de la región. He aquí una representación de las actitudes proestadounidenses correspondientes a los países en la Figura 1. Al lado izquierdo de la escala están los países con un porcentaje relativamente bajo de ciudadanos proestadounidenses.

De nuevo, la línea diagonal proporciona un punto de referencia claro. Debajo de ella, en los países suramericanos donde los emigrantes y los volúmenes comerciales hacia los EE.UU. son bajos, los ciudadanos son menos favorables hacia los Estados Unidos. Encima de la línea, en la cuenca del Caribe, la favorabilidad hacia el Coloso del Norte es alta.14 El intercambio económico internacional genera buena voluntad.15

El país flagrantemente distante en la región es México, que se encuentra hacia la esquina superior derecha de la nube de puntos. Esto es debido al bien conocido hecho de que los mexicanos están estrechamente unidos a los EE.UU. a través de sus mercados de exportación, sus familiares y amigos que viven allí, y las remesas de dinero que reciben de ellos. A pesar de esto, los mexicanos son rebasados únicamente por los argentinos en su falta de buena voluntad hacia los Estados Unidos.

¿Acaso esto pone en duda nuestras afirmaciones? Nosotros pensamos que no. De todos los países de la región, México sin duda ha sido el más perjudicado por el imperialismo de los EE.UU. Es el único que se ha enfrentado a los EE.UU. en una guerra importante, el único que perdió 50 por ciento de su territorio a manos de los EE.UU., y actualmente es la víctima principal de la demanda de narcóticos ilegales por parte de los EE.UU. Y sin embargo, los mexicanos son, en correlación, proestadounidenses: 60 por ciento tuvieron una opinión favorable entre 1995 y 2010. [Véase la Figura 1]. En todo caso, el intercambio internacional entre los EE.UU. y México parece superar un déficit de buena voluntad que de otra manera sería mucho más profundo.

Implicaciones y conclusiones

El gobierno de los EE.UU. ha invertido mucho tiempo y energía intentando determinar la manera en que los extranjeros ven a los Estados Unidos. George W. Bush nombró a la ejecutiva de publicidad Charlotte Beers Subsecretaria de Diplomacia Pública y Asuntos Públicos en octubre de 2001, justo después de los ataques del 11 de septiembre al World Trade Center —una campaña llevada a cabo en gran parte para contrarrestar la propaganda del yihad. Beers y las siguientes asignadas, Margaret D. Tutwiler y Karen Hughes, trabajaron diligentemente para mejorar la marca EE.UU. Pero todas dejaron el puesto después de un corto tiempo de grandes fracasos. Nuestros hallazgos sugieren que, al menos en el Hemisferio Occidental, la energía dedicada a tales actividades pudo haberse invertido mejor en otra parte. Los intercambios que ocurren entre los actores económicos de los EE.UU. y Latinoamérica son un medio mucho más eficaz para promover el sentimiento proestadounidense. Lo que es mejor, esta vía para promover la buena voluntad es prácticamente gratuita para el gobierno de los EE.UU., ya que funciona mediante hechos voluntarios y diarios de lo que Adam Smith llamó la innata “propensión humana al trato, el trueque y el intercambio”.

Sin embargo, esto no significa que los EE.UU. puedan simplemente cruzarse de brazos y suponer que no tienen que hacer nada. Existen muchas oportunidades políticas para profundizar y humanizar las relaciones económicas internacionales en la región. Las importaciones desde los EE.UU. son un mecanismo particularmente eficaz para promocionar la “marca EE.UU.”.16 Sabiendo esto, lo primero que podría hacerse para reafirmar las percepciones positivas hacia los EE.UU. sería volver a lanzar la moribunda campaña para formar un Tratado de Libre Comercio de las Américas (TLCA). Los países restantes en la región con los que los EE.UU. no tiene un acuerdo de libre comercio (Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay, Uruguay y Venezuela) son también, de seguro no por mera coincidencia, aquellos que tienden a tener los ciudadanos menos proestadounidenses.17 Un TLCA para el cual los EE.UU. haga verdaderas concesiones en cuanto al proteccionismo agrícola podría ayudar a cambiar los cálculos de los países que están verdaderamente negados, basados en cálculos económicos.

La reforma de las leyes de inmigración de los EE.UU. también ayudaría. Según un informe del Inter-American Dialogue, “el fracaso de Washington en reparar el sistema de inmigración defectuoso de los Estados Unidos está creando resentimiento en la región, sobre todo en los puntos principales de origen y tránsito: México, Centroamérica y el Caribe”.18 Reiterando lo expuesto: nosotros encontramos poca evidencia de un resentimiento bullente en estos países, pero sí admitimos que una reforma migratoria bien dirigida solamente puede aumentar la buena voluntad hacia los EE.UU.

Por supuesto, las actitudes foráneas no son y no deberían ser la preocupación principal de los responsables de formular las políticas de los EE.UU., pero lo bueno de estas medidas es que son positivas, no solo para aumentar la buena voluntad generalizada, sino también para las economías del hemisferio.

Para ver las fuentes de las citas, vaya a: www.americasquarterly.org/baker

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