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Sin Chávez en escena, liderazgos viven prueba de fuego



Un día después de las elecciones presidenciales de octubre de 2012, Venezuela abrazaba la idea de un diálogo: con 1,6 millones de votos encima, el presidente electo Hugo Chávez, pasó de la arrogancia y telefoneó a su contendor, Henrique Capriles Radonski, para homenajear su vocación demócrata reflejada al reconocer—en minutos—su derrota electoral. 

Dos días después de las primeras elecciones presidenciales del chavismo sin Chávez, el escenario es otro. Con un margen reducido a 235 mil votos entre Nicolás Maduro y Henrique Capriles, la conciliación, entre una mayoría que no quiere dejar de ser poder y una minoría frustrada que casi pudo tocar con los dedos la silla presidencial, parece una quimera.

El domingo en la noche, Venezuela vivió momentos de tensión durante las cinco horas que corrieron entre el cierre de los centros de votación y el anuncio de los resultados. 

Casi 19 millones de venezolanos fueron a las urnas el pasado domingo 14 de abril, convencidos de que se jugaban “el futuro de la patria.” El resultado fue una votación dividida en la cual Capriles consiguió superar el umbral de los 7 millones de votos, mientras que Maduro perdió 7,5 por ciento de la base que apoyó a Chávez en los últimos comicios. La primera conclusión que emergió del balance es que, con la salida del polémico líder, casi 700 mil votos abandonaron el autobús conducido por Maduro y abordaron el “del progreso” que impulsaba Capriles.

Apenas el Consejo Nacional Electoral (CNE) terminó su transmisión oficial, el presidente electo salió del Palacio de Gobierno para festejar el primer triunfo del chavismo sin Chávez, sólo que esta victoria sabía a derrota. Decenas de simpatizantes del llamado proceso revolucionario se fueron en desbandada sin terminar de escuchar el primer discurso de Maduro en calidad de presidente electo. La euforia que generó saberse ganadores se desvaneció al entender que los “escuálidos”—adjetivoque usaba Chávez para descalificar a la oposición haciéndola ver como débil—no sólo se multiplicaron, sino que casi alcanzaron las riendas del país. Al otro lado de Caracas—cuya geografía parece haberse ajustado de forma simétrica a la pelea política—la reacción era inversa. Tras la desazón que supuso escuchar que sólo 49,07 por ciento de los votantes apoyaron a Capriles, comenzó una efervescencia que iba en ascenso en cuanto el candidato opositor sentenciaba que no reconocería los resultados por tener evidencias de que, en miles de mesas, la votación habría sido vulnerada. 

En Venezuela, el sistema electoral es electrónico, pero las máquinas de votación emiten un comprobante que es depositado en cajas. Al final de la jornada, se realiza la auditoría de 53 por ciento de las cajas para cotejar que los comprobantes físicos coincidan con el balance del sistema electrónico. De haber incongruencias, la mesa—con todos sus votos—es impugnada y puede solicitarse una nueva elección en esa mesa. 

Capriles exige abrir todas las cajas y contar todos los votos. Si más de mil mesas—como él denuncia—arrojan problemas, por lo menos unos 500 mil electores podrían volver a votar, lo cual supone un riesgo para Maduro cuyo margen de victoria no es aplastante. Ésa podría ser una de las razones por las cuales el presidente electo cambió de opinión y dejó de apoyar el reconteo electoral.

Ambos líderes han iniciado una partida de ajedrez político en el país. Mientras el gobierno lanza amenazas a quienes no reconozcan a Maduro como máximo mandatario nacional, Capriles debe balancearse para encontrar una fórmula que no lo descalifique externamente ni decepcione a sus seguidores. 

Uno de los grandes retos que se imponen para el opositor es demostrar que está al mando de su gente y que su liderazgo es respetado. Maduro, por su parte, deberá demostrar su capacidad para manejar una crisis política, lo cual hasta ahora se ha centrado en proferir amenazas e insultos. Pero otra interrogante surge sobre la cabeza del heredero político de Chávez: cómo maniobrar con el rechazo interno de su partido luego de que, a pesar de la maquinaria y recursos utilizados durante la campaña, casi pierde el poder en manos de aquellos que durante años han sido sentenciados por el Gobierno con su grito de guerra predilecto “No volverán.” 

Diosdado Cabello, el delfín natural de Chávez, amigo personal y compañero de armas del líder, fue el primero en molestar la herida. Poco después de los resultados, sus primeras palabras—vía Twitter—no fueron para festejar la permanencia de la revolución, sino para invocar una autocrítica debido al insatisfactorio resultado. 

Durante 14 años, los venezolanos han usado gran parte de su tiempo para discutir sobre política. Para bien o para mal, Chávez ha sido el epicentro de muchos desayunos, almuerzos, cenas, eventos sociales y conversas fortuitas. Tras cada proceso electoral, los ánimos suben y bajan con la volatilidad del velocímetro de un auto de carreras. 

Esta vez, los incipientes liderazgos viven su prueba de fuego, pero mientras Capriles se juega su capital político ganado tras varios años de aprendizaje, Maduro tiene en veremos el futuro del proceso revolucionario. Con poco apoyo de la base y visto con lupa por sus “camaradas” de partido, el presidente parece tener escaso respaldo para lidiar con un comienzo difícil. El ruido que generan temas cruciales, como la inseguridad y la debacle económica, no se va a desvanecer con la facilidad con que menguan las protestas opositoras.

 

 

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Paula Ramón is a contributing blogger for AQ Online. She is a Venezuelan journalist based in Brazil.

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