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La hazaña Langlois, una lección para los corresponsales de guerra

Sería realmente alentador, además de novedoso, que llegara una celebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa sin malas noticias para el gremio. Pues este 3 de mayo no logró ser la excepción, ya que además de repasar las cifras que no ceden en lo que a violaciones a la libertad de expresión se refiere (Reporteros sin Fronteras (RSF) dijo que ya van 21 comunicadores asesinados en 2012 y que las FARC y las Águilas Negras siguen siendo predadores de la libertad de prensa en Colombia), desde hace seis días es incierta la suerte del reportero francés Romeo Langlois, freelance para la cadena France 24 y el diario Le Figaro en el país.

La historia es así: Langlois se fue con el Ejército colombiano a cubrir una operación antinarcóticos en Unión Peneya, un sector del municipio Montañitas de Caquetá, al sur del país. Un municipio, dicho sea de paso, que hizo parte de la zona de distensión que en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002) se despejó para que las FARC tuvieran diálogos con el gobierno y que en últimas terminó siendo un fortín para que la guerrilla se vigorizara y la anhelada paz se diluyera así como la confianza en la salida negociada al conflicto que, lamentablemente, ha sido difícil de recuperar pese a los connotados esfuerzos de la sociedad civil. Hoy día Unión Peneya es uno de esos rincones del país donde la presencia del Estado parece un chiste bogotano, lo que facilita que la guerrilla maneje todo el ciclo de producción de la cocaína a través de milicias armadas.

El grupo de soldados con el que iba Langlois cayó en una emboscada de la guerrilla de las FARC que al final dejó cuatro muertos, pese a que los reportes irresponsables iniciales, compartidos por un general del Ejército a través de Twitter, hablaban de 15, mientras algunos medios, quien sabe basados en qué fuente hablaban de hasta 20 fallecidos. (Entre otras cosas, flaco favor le hace a la libertad de prensa dar partes oficiales apresurados en zona de guerra.) Los heridos confirmados fueron siete, mientras la suerte del reportero todavía sigue siendo materia de confusión: el gobierno colombiano dice que cesará acciones militares en la zona en cuestión y emprenderá un rescate si el gobierno francés lo autoriza; el secretariado de la guerrilla no confirma ni niega la versión de una supuesta vocera del frente XV de las FARC que se atribuyó el plagio; el gobierno francés está seguro de que es un secuestro; el gobierno brasileño ofrece mediación; la Organización de Estados Americanos, la Organización de las Naciones Unidas, y la Unión Europea condenan el hecho e instan a las FARC a liberarlo.

Mientras todos sus colegas nos unimos al clamor por su libertad, el caso fue el punto de partida para reflexionar sobre el ejercicio que realizamos los reporteros en zona de guerra. Sobre todo en un país como Colombia donde el conflicto hace rato que se cubre desde los escritorios y solo algunos valientes van al lugar de los hechos, generalmente viajando como es el caso de Langlois, con alguna unidad militar. Es el término llamado embedded journalism acuñado desde que los periodistas norteamericanos se montaron en los convoys militares que llegaban a la Guerra de Iraq en 2003. Es a veces la única opción para llegar a ciertos “teatros de operaciones” a los que los medios no se le miden a enviar periodistas por su cuenta, por miedos legítimos, restricciones financieras, desinterés, o inexperiencia.

También es cierto que desde que la multiplicidad de agencias de noticias están en Colombia cubriendo el conflicto, sus abonados, es decir los medios locales, no tienen la necesidad de enviar reporteros que en los convulsivos 90 nos trajeron impactantes imágenes de la violencia guerrillera, paramilitar y del narcotráfico.

Hoy día, quienes se atreven a hacer esa cobertura sin ser invitados por las fuerzas militares, resultan señalados por el gobierno de ser guerrilleros o cómplices de los subversivos por querer contar una historia desde otro de los ángulos que hacen parte de este conflicto, y por supuesto no hablan desde la oficialidad. En suma el reportero, quien es considerado como “persona protegida” por el Derecho Internacional Humanitario aún cuando viaje en un convoy militar,  resulta ‘culpable’ por querer hacer bien su trabajo.

Cierto es que de la culpabilidad a la responsabilidad hay un trecho enorme y por eso hay decisiones que los comunicadores asumen bajo su propio riesgo y viajar con una de las partes del conflicto es una de ellas. En algo que coinciden los manuales de cobertura de guerra (los más célebres son los de las respetadas organizaciones RSF y Committee To Protect Journalists) es en que ese riesgo se puede minimizar atendiendo ciertas precauciones.

Las guías recomiendan usar casco y chaleco antibalas preferiblemente blancos y las debidas credenciales de prensa, así como no camuflarse con ropa militar. Al medio el corresponde por su parte darle al periodista un seguro de vida. Un corresponsal de guerra debe haberse vacunado previamente contra las enfermedades de la selva, llevar un botiquín de primeros auxilios y saber atender heridos. Si queda en medio de una balacera, además de proteger su integridad personal lanzándose al piso, debe hacer lo posible por proteger su equipo periodístico (cámara o grabadoras) que a la larga serán los que atestigüen los hechos.

En recomendaciones que alcanzan el terreno de lo ético y por tanto igual de importantes, es vital que los periodistas no usen insignias alusivas a ninguno de los bandos, no hagan pactos con cualquiera de ellos a cambio información, ni se presten para llevar recados en estas zonas de conflicto. Hay que ver cuántos de estos mínimos pueden cumplir los reporteros colombianos regionales, por lo menos en lo que a seguridad se refiere, pues con contratos laborales bastante deficientes, pensar en un seguro de vida o un chaleco antibalas, parece, otra vez, un chiste bogotano.

Por eso aunque pocos lo entiendan, la hazaña que hizo Langlois de “entregarse” a la guerrilla hace parte de la lógica del corresponsal de guerra que aprendió que quedarse en el bando que está haciendo atacado puede, en el peor de los casos, terminar con su vida y en el mejor, ser confundido con un soldado que puede ser tomado luego como botín de guerra. Hacer valer la condición de periodista aún en medio de la balacera fue quizá lo más inteligente que pudo hacer y ahora lo que todos esperamos es que las FARC le respeten esa condición.

Langlois lleva más de una década en el país y su trabajo ecuánime ha sido reconocido por el gremio. Ha contado las historias del conflicto desde víctimas y actores y es célebre su documental "Pour tout l’or de Colombie" (Por todo el oro de Colombia) en el que visibiliza la lucha de los ex-trabajadores de la Frontino Gold Mines en Segovia, Antioquia, por defender sus derechos adquiridos sobre la empresa multinacional. No es de aquellos que con el fragor de la noticia entra y sale de la exótica Colombia, que es la única nación que tiene un conflicto armado vivo en Latinoamérica desde hace casi 60 años. Langlois se ha preocupado por entenderlo y analizarlo. Quizás nos traiga una pieza más desde su cautiverio y ojalá ese producto sea tan ecuánime como lo que ha hecho y no se interprete como la “intención oculta” de entregarse a las FARC. Los hechos son confusos, es cierto. Importante es que vuelva y que su hazaña, sobre todo en el día Mundial de la Libertad de Prensa, sea una lección para todos.

Jenny Manrique es una bloguera que contribuye a AQ Online. Es periodista colombiana y editor de Semana.com. Su cuenta de Twitter es @JennyManriqueC.

Any opinions expressed in this piece do not necessarily reflect those of Americas Quarterly or its publishers.
Tags: Colombia, FARC, Media, Press Freedom

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